viernes, 1 de enero de 2016

Lo lindo de nosotros (relato)

Samuel era un chico grande y fuerte, era como tres "yo" juntas, sus brazos eran del tamaño de mi cabeza y mi estatura hacía que llegara solamente a pecho, a él le tocaba agacharse y a mí ponerme en puntas para podernos besar. Su cabello a los hombros hacían que fuera diverido el jugar con él, además de su paciencia y su tolerancia, siempre le dejaba hacerle trenzas y peinarlo como a una nena sin titubear, ¡a veces hasta salía así a la calle! Y no le importaba nada, decía que era mi obra maestra y estaba orgulloso de ella, a pesar de que yo de peinados nunca supiera mucho.

Nos conocimos en un bar, no suelo ser la típica chica que va de bar en bar buscando a quien ligar, yo solo quería usar el baño y él estaba afuera de ellos, como haciendo guardia, me quedé mirándolo un tiempo algo asustada de que me dijera algo, pero al ver que no lo hizo seguí de largo e hice lo que necesitaba. Al salir lo vi fumando y por un impulso más que de cariño, estupido le dije que eso era malo, que no debía de fumar... Él rió, no sé si por lo grande de mi estupidez o por mi ternura, acto seguido tiró el cigarrillo al piso y lo apago. 

Le sonreí, estaba realmente sorprendida de que me hubiera hecho caso, no estoy acostumbrada a que alguien me haga caso, menos que me tome en cuenta, justo ese día venia de una pelea con mi mejor amiga después de que ignoró las advertencias que le di sobre el chico con el que salía... Me hizó feliz. 

No quería irme, quería seguir hablándole, quería saber todo de él, el porqué de sus tatuajes, el misterio tras su cabello tan extrañamente bien cuidado, el porqué custodiaba un baño, y lo lindo fue que no necesite decir nada... Él ya supo que quería y me invitó a un café. 

Samuel y yo siempre hemos sido así, desde ese día no necesitamos decirnos nada para saber qué quiere el otro, para saber su estado de animo y qué hacer para mejorarlo, yo creo que por eso nuestra relación es tan linda, porque no se basa en títulos u obligaciones, sino en el gusto de hacer lo que al otro le haga feliz, en la dependencia sana que tenemos del otro, el sólo desearnos mutuamente, el a pesar de ser  jóvenes, saber que estamos hechos para estar juntos, y mucho más importante, el no evitar el destino y no querer enredar la felicidad, y estarlo. 

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